El díler digital

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Estoy cansada. Antes de irme a dormir agarro el libro “Mejor que ficción” de Jorge Garrión para leer una crónica. La elegida es El diler digital de Alberto fuget.  Pucha, la voy a tener que publicar en el blog ya.

El descanso pasa a segundo plano. En el primero mis dedos escriben tres puntos suspensivos…

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¿Qué es realmente un original? El cine no es una pintura.

 

Antes que nada, se ve a sí mismo como un cinéfilo. O, al menos, alguien para el cual “el cine es muy, muy importante, casi vital“. Ve, por lo bajo, siete filmes a la semana. A veces más, porque ahora que vamos camino al invierno se pone melancólico y como ya no tiene polola y la depresión a veces le pisa los talones, es perfectamente capaz de ver cinco a seis películas en un fin de semana.

Este wikén vi el debut como director del escritor Michel Houellebecq, llamado La posibilidad de una isla, un filme futurista francés, que me pareció extraño, regular no más, es mejor como escritor de libros controversiales. Me gustó poco, la verdad. Vi además una película con Colin Firth, por la que estuvo nominado al Oscar. Se llama A Single Man y es acerca de un profesor inglés que se quiere suicidar. Muy buena, y triste; sin duda, funcionará bien entre los clientes que me piden cine-de-temática-gay-no-porno. También vi Corazón rebelde, la cinta por la que Jeff Bridges ganó el Oscar. Es acerca de un cantante country, pero la temática es universal y humana y en el fondo tiene que ver con la redención y cómo el amor te ayuda a salir adelante. Pero también, y esto fue lo que me gustó, es acerca de cómo no es necesario tener un final feliz para ser feliz. Estas tres películas ya van a estar en mi catálogo. Ninguna se ha dado en los cines y, por lo que sé, tampoco se van a estrenar pronto. Ésa es parte de la gracia de lo que hacemos. O de lo que hago, porque yo trabajo solo.

-¿Qué es lo que haces?

-Puta, ponemos las novedades de la cartelera mundial y las cintas más especializadas que triunfan en festivales en las casas de personas educadas, de buena tela, que les interesa el cine y la cultura. Por mil pesos le paso un DVD calado. Yo quiero que todos vean de todo y les permito acceder a lo que no pueden acceder. Les digo que hay cine argentino de autor y cine rumano que es bien cercano porque Rumania tiene muchas cosas que ver con Chile. Es extraño decirlo, pero siento que todos mis clientes me quieren, que les caigo bien. A veces siento que me ven casi como si fuera el Viejo Pascuero, porque siempre llego con cosas que esperan, pero también con cosas que no sabían que existían. Y ésa es la mejor parte: sorprender.

Digamos que se llama Joel Rodríguez. Casi todo lo que contaré acá es verdad menos su nombre y la ciudad donde vive y algunos detalles que podrían delatarlo, porque Joel considera que lo que él hace es “a lo más una falta” o “en rigor no es tema”, pero entiende que “por ahora” lo que él hace es “supuestamente ilegal” y que una cosa es hablar, dejar que lo siga, ir a comprar películas con él y otra es salir “frontal” en la prensa. “Lo que pasa es que estoy dividido: me gusta esto de los DVD, pero más me gusta mi pega porque consiste en ayudar a los demás“. Joel es sicólogo, tiene 32 años y maneja un Gol verde del 2001. Estudió en Valparaíso, pero es de Santiago, del barrio Franklin más específicamente: “Nací comerciante, he estado comprando y vendiendo desde los doce”. Joel es el primero de su familia (y de su cuadra) en ir a la universidad. “Soy un ejemplo y cargo con eso: todos me admiran, pero todos dependen de mí también”.

Vive solo en un departamento-tipo-bloque de dos dormitorios en Quilpué, aunque pasa casi todos los fines de semana en Santiago: los sábados reparte sus películas por el sector Providencia y Vitacura. No es un lector compulsivo, pero lee: Murakami, La soledad de los números primos, los libros de fútbol de Guarello. Joel trabaja en el Sename, en la Quinta Región, en un centro de reclusión para adolescentes. La mayoría de los jóvenes con que trabaja (a veces, incluso, les muestra películas y luego las comentan) han infringido la ley en temas como robos, asaltos y consumo de drogas. Joel también infringe la ley, la Ley de Propiedad Intelectual. Joel es un dealer de películas en formato DVD.

Su trabajo consiste en conseguir películas, por lo general nuevas o cintas que nunca se estrenarán o serán editadas en DVD, y copiarlas para luego ofrecérselas a sus clientes. Joel entrega a domicilio o en la oficina. “Soy al siglo XXI lo que antes era la señora de los quesos, la señora que traía erizos o locos”. Entre sus clientes hay doctores, profesores universitarios, gente ligada a los canales de televisión, directores de cine, periodistas, dueños de tiendas y restoranes, empleadas de boutiques, “publicistas engrupidos y onderos”, gente que trabaja en editoriales, actores, médicos, dentistas (“hay uno que me atiende por menos a cambio de películas: es como un cambalache”) y abogados. Sí, abogados. Tiene dos polos: Valparaíso-Viña y Santiago Oriente. Joel vende o ha vendido en sitios tan insólitos como clínicas privadas, el Congreso (“aunque nunca a un diputado o a un senador”) y ministerios. Partió vendiendo a estudiantes en la vereda frente a la UC de Valparaíso, pero poco a poco fue afinando su modelo y ahora siente que lo que él hace “es más curatoría; no vendo infantil ni porno ni blockbusters ni cintas chilenas cómicas”.

Joel no intenta competir con los estrenos de la semana. Él tiene su propio catálogo, que autoclasifica de “cine-arte o cine con mensaje”. Le pregunto si no ve alguna contradicción o ironía en que alguien que trabaja para el Estado venda DVD en sitios estatales. “No. Yo no siento que estoy cometiendo un delito ni menos los que me compran. Si me compran padres de familia, me compran cintas para sus hijos. Como Fantastic Mr. Fox, de Wes Anderson. Claramente no es tema. Quizás todos nos mentimos o lo negamos, pero nadie siente miedo o asco o anda paranoico. Hace tiempo que esta sociedad renunció a la idea que este comercio es ilegal, porque el bien mayor es superior. ¿Me explico? La gente quiere cine que no está o está lejos o le parece caro. Nosotros se lo damos”.

Durante la semana que pasé con Joel, el gobierno de EE.UU. colocó a Chile en la “lista negra” de piratería intelectual junto a Argentina y Venezuela, por ser países que “no toman medidas” contra eso. Joel considera que sí se toman medidas y “que ya no es tan fácil vender o comprar en público”. “La piratería intelectual en los mercados externos es mortal para las empresas estadounidenses y destruye los puestos de empleo para los trabajadores de este país”, dijo en una declaración el representante de Comercio Exterior de EE.UU., Ron Kirk. Joel no está de acuerdo: al revés, piensa, acá los crea. “Además, se siguen estrenando películas y haciendo cintas chilenas, aunque yo casi ni vendo porque poca gente quiere verlas en el primer lugar”. Le pregunto si se ve a sí mismo como un dealer. Me dice que no.

Caminamos por el Persa Biobío hasta salir del recinto y seguimos por una calle lateral hasta una playa de estacionamiento. Detrás de la garita de los cuidadores hay una mesa con “las novedades de la semana”, entre ellas La isla siniestra (rotulada imagen completa; es decir, no filmada del cine y viene con subtítulos en castellano) y El día de los enamorados. El gordito que vende parece ser parte de un filme de Judd Apatow y le insiste a Joel que compre “la nueva de Al Pacino”. Joel no tiene claro de dónde vienen estos DVD, pero “claramente de USA o de México”. Joel se dedica a llevar copias de estas películas a los clientes que lo contactan por correo electrónico. Joel tiene su pequeño laboratorio con dos computadoras, centenas de discos vírgenes, plumones, impresoras a color, sobres celestes y carátulas en castellano aún no cortadas y dobladas.

david lynch

David Lynch

Más tarde, mientras nos tomamos unas bebidas en un restorán chino donde antiguamente estaba el cine Prat (“aquí vi El príncipe de las tinieblas, de Carpenter“), me dice que sí, que en rigor es o puede ser o entiende que pueda ser tildado de dealer.

“Pero un díler digital, porque la firme es que no trafico, proveo; el cine puede ser considerado muchas cosas, pero no es una droga. Yo sé de drogas y te puedo asegurar que el cine no causa ese tipo de adicción y daño. No hay que mezclar las cosas. Yo he conocido a muchos adictos a la pasta base y no tienen nada, nada en común ni con los más fanáticos de los cinéfilos que, por cierto, no son clientes míos porque ellos bajan sus cosas solos y siempre buscan lo más rebuscado. Pero una cosa es devorar tres películas al día; otra es jalar tres gramos o fumar pasta. Yo muevo arte, trafico cultura, hago que algunos cineastas que están fuera del mercado por ser muy artistas encuentren un público”.

Joel ya no es un dealer full time. Ya no lo hace “solamente para ganar dinero”, que fue la razón por la cual partió cuando estaba estudiando y su familia no tenía dinero y él debía pagarse la pensión y la comida (sus excelentes notas le permitieron obtener una beca de estudios), sino porque le gusta, porque el dinero extra (“unos 400 mil pesos al mes como ganancia líquida, pero invierto el 25% de eso para lograr esa cantidad”) no está de más y porque estar “en el rubro” le permite seguir viendo cine y “seguir promocionándolo”.

Tsai Ming-liang

Tsai Ming-liang

Se considera “un coleccionista; tengo al menos cinco mil títulos y cada semana aumento en diez mi tesoro”. Joel sabe el triple más que cualquier ciudadano culto acerca del séptimo arte, pero, al poco rato, capto que no es un crítico de cine, que sus gustos no necesariamente coinciden con los míos o con lo que está en boga y que, al compararlos con gente que conozco, posee baches que sorprenden (no conoce la página www.metacritic.com ni sabe quién es Pauline Kael o Ascanio Cavallo). Joel asume que todo “lo que es anterior a 1980 o a Star Wars no es mi fuerte”, aunque cree que es un experto en el film noir y admira a cineastas más bien oscuros y de culto como Ulmer y Tourneur pasando por Jodorowsky y David Lynch (“quizás el cineasta que más vendo”). Se considera a sí mismo un “cinéfilo hecho a pulso” y su libro de cabecera es uno de Taschen llamado 1001 películas que hay que ver antes de morir, que compró en el Persa. Joel lee La Tercera los jueves y recorta las críticas y las separa por estrellas en carpetas, pero cuando le menciono el nombre de algunos de los que allí escriben, no los reconoce. En la pieza que hace de su “laboratorio” tiene dos afiches: uno de Buenos muchachos (“ésa pudo ser mi vida, pude ser gángster, buena parte de mi familia movía apuestas en el Hípico”) y otro de B-Happy (“la vi en un momento en que me sentía igual a la protagonista”).

En toda su casa no hay una copia legal. Le pregunto si nunca ha pensado en los derechos de los creadores, si no cree que para que el cine pueda existir alguien tiene que pagar para que la industria no se hunda. “Yo casi no muevo cine industrial y mira, la industria no se ha hundido, ha cambiado. Otros colegas me han contado que nadie ha comprado una puta copia de Avatar, todos la quieren ver en 3D”. Joel cree que el mayor pecado que cometen los piratas es quizás mermar alguna ganancia. “Esto no es Estados Unidos, aquí casi nadie compra DVD legales, entre otras cosas porque casi no sacan originales al mercado; y si lo hacen, valen más de diez mil pesos. No estamos hundiendo la industria, estamos creando un nuevo mercado cinéfilo. Al menos yo. Hay gente que me compra de a cuarenta DVD. Quizás si esas películas estuvieran en el cine, las vería en el cine. ¿Crees que Tsai Ming-liang arrasa en las boleterías de Asia? ¿Has visto sus películas? El tipo sólo filma con planos fijos. Sus cintas se financian por premios, becas, no lo tengo claro. Pero no creo que porque yo haya vendido en total unos ochenta discos de sus películas él se enoje o pare su producción. No soy experto en los sistemas de producción, pero no me vengas a decir que le estoy arruinando su carrera. Quizás lo contrario. El día que estrenen un filme suyo, seguro que los que irán a comprar un boleto son algunos de mis clientes. Aquí me estoy mandando un carril, pero buena parte de la gente que llena ciertas películas del Sanfic es por proveedores como nosotros. Yo el año pasado fui a ver Goodbye Solo, que es una cinta independiente americana, de un director de origen iraní, creo, y que es preciosa, tiene un mensaje muy lindo sobre la importancia y los límites de la amistad, y me encontré con muchos clientes que me habían comprado antes Un café en cualquier esquina”.

Joel es más bien alto y tiende a usar buzos y chalecos con capuchón y es un fanático del fútbol. Antes, en Santiago, entrenaba un equipo sub-17 de una liguilla; ahora juega todos los domingos como puntero derecho. Joel usa esos anteojos de marcos de carey que están de moda. “Éstos sí que son piratas, porque no son Dolce & Gabbana; están hechos, seguro, en China: lo que compré es algo parecido al original y el marco me sirve, funciona y me gusta. Además, está el precio. Yo no podría gastarme una fortuna en anteojos así. Además, si te fijas, estos lentes son B&C, o sea, no me están vendiendo algo falso, me están vendiendo algo que se parece. Los piratas, piratean, copian. Es decir, imitan. O, para ser más chileno, tienden a pasar gato por liebre. El que me vendió mis anteojos en el persa no me estaba cobrando cuatrocientos dólares, nunca me dijo que es un original. Hay gente que vende algo falso y dice que es verdadero. Si lo piensas, en Chile por lo tanto hay pocos piratas, quizás hay muchos minoristas. Yo, por mi parte, no estoy en el mercado de DVD originales. ¿Siete en diez mil? Claramente no son originales. Además, ¿qué es realmente un original? El cine no es una pintura. Todos los originales al final son copias de un master. ¿O no?”

¿Qué opinas sobre la piratería intelectual? ¡Debatamos en los comentarios!

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*Esta crónica pertenece a revista que pasa y Alberto Fuget

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